En agradecimiento al simulacro

Esta mañana mi vida se cimbró de nuevo, como estoy segura ocurrió con miles de personas en el centro del país. Eran las 10:55 de la mañana y luego de que me entregaron mi café, no quise subir a la biblioteca del instituto (Nacional de Salud Pública), pues no tardaba el simulacro nacional, del cual nos habían avisado un día antes. Decidí quedarme entonces cerca de la puerta principal, frente a la cafetería, en el piso mal llamado sótano.

Mientras pasaban los 5 minutos, estaba pensando en lo difícil que era, para quienes trabajamos con ideas, silenciar o parar el flujo de pensamientos, cogniciones y recuerdos en la vida cotidiana, especialmente cuando lo de afuera está lleno de sobresaltos. En este último mes, difícilmente me he podido sacar de la cabeza varias ideas intrusivas, derivadas de situaciones personales y familiares, entre las que se lleva las palmas el sismo en el istmo de Tehuantepec, que apenas hace 11 días nos quitó la vida de seres queridos en mi familia extensa.

Tenía ganas, esta mañana, de que desaparecieran de mi agenda todas las invitaciones, eventos, ferias, videoconferencias, conmemoraciones y cualquier otra actividad que, aunque existieran con fines didácticos, terminaban por distraerme a mí y a todos mis compañeros de nuestros quehaceres académicos… Mientras fantaseaba con irme a trabajar a una isla desierta y poder escribir mi tesis, tirada sobre una arena blanca, me preguntaba ¿a quién se le ocurriría interrumpir actividades a las 11 de la mañana para conmemorar un siniestro? ¿Como por qué no hacerlo más temprano o mucho más tarde? Parecía que el mundo conspiraba para que yo no me pudiera concentrar. No terminaba de divagar cuando, viendo hacia el frente, hacia el exterior del instituto, sonó la dichosa alarma.

Ni lerda, ni perezosa, me levanté de mi asiento con un amigo y ya íbamos derechito a la salida, con toda la actitud, cuando oh sorpresa, un joven con chaleco semi fluorescente nos detuvo unos dos metros antes de salir. Era del equipo de protección civil en el instituto, ya saben, esos pobres loquillos que se reúnen a cada rato y que se ponen a celebrar luego de cada simulacro, cual equipo de ventas de supermercado logrando su meta, jeje. El pobre no se daba abasto para frenarnos, abría las piernas y manos, formando angelitos de arena en mi imaginación, tratando de detenernos. Nos indicaba que no podíamos salir, que nos esperáramos un momento.

Yo en mi sarcasmo habitual no pude evitar soltar el “Pffff entonces ¿para qué nos toman el tiempo de evacuación?”. Habiendo pasado mi infancia en una zona sísmica, crecí sabiendo la vital diferencia entre unos segundos y otros, cuando de evacuar se trata. El chico en su momento fue sumamente prudente y mientras contenía en la entrada a un gran número de trabajadores y estudiantes que fueron llegando, me dijo con claridad: “Es que éste, es un simulacro de terremoto y, si realmente existiera un temblor de graaan magnitud, habría que esperar a ver que estos cristales -señalándome los vidrios de la fachada principal- no se desplomaran”.

Por mi cabeza en realidad sólo pasaba el “dí lo que quieras y déjame salir para poder regresar rápido a mi tesis”. A pesar de haber pasado mi infancia en el istmo, la mayor parte de mi vida en realidad la había pasado en Sonora y ahí la practicidad manda. Si un bato estaba obstruyendo la salida, para mí no significaba más que un conteo del tiempo de evacuación alterado, punto, no se podía tener una estimación real de lo que podía pasar o de nuestras capacidades preventivas y la actividad resultaba algo sosa, se limitaba a un simple ejercicio de salida, o una conmemoración, mientras tanto, el tiempo seguía corriendo, tic-tac, tic-tac, y cada minuto de atraso eran minutos fuera de mi escritorio, sin trabajar.

No pude expresarle al joven todo lo que pensé, pero sí recuerdo que le dije con franco enojo “ah mira, qué canijos, si algo grande pasa, ¿bien que saben que estos cristales nos caerían encima?” y el muchacho, sumamente contenido, pero apenado, sólo me respondió con una tímida sonrisa.

Luego de aproximadamente un minuto, nos dejó salir y yo estuve junto con los 140 trabajadores que nos informaron que salimos por esa puerta, terminándome mi café en el punto de reunión. Conversamos sobre nuestras experiencias en otros sismos y demás… revisé mi celular que se estaba descargando… y cuando al fin pudimos regresar… yo pooor fiiiinnn pude continuar en la biblioteca con lo que me había propuesto para este día.

Ni cuenta me di por cuánto tiempo en estuve leyendo, cuando comencé a sentirme muy mareada. Por fortuna, no traía mis audífonos puestos. Estando en la biblioteca alcancé a escuchar desde una mesa detrás de mí, una especie de aliento fuerte, era el sobresalto de una chica, pero luego, otra expresión de susto en la mesa de al lado y entonces caí en cuenta que estábamos siendo sacudidos. En ese momento mi mirada regresó a mi computadora personal y mi celular conectados, pero no lo dudé, salí dejándolo todo intencionalmente y caminé hacia la puerta más próxima.

Camino a la salida, por mi cabeza sólo pasaba el istmo, pues si así se estaba sintiendo el temblor en Cuernavaca, no podía imaginar cómo estaba quedando de devastada aquella región si desde ahí se estuviera dando el epicentro. Iba en automático hacia afuera pensando en eso y era apenas la tercera o cuarta persona en llegar a la salida en medio del movimiento todavía, cuando recordé las palabras del joven que nos frenaba durante el simulacro, como si fuera una sentencia… “es que habría que esperar a ver que…no se desplomaran”.

Mi reacción tras recordar eso fue gritarles de inmediato a quienes habían llegado antes que yo que por favor no atravesaran la puerta de vidrio. No terminaba de advertirles y ellos de detenerse asustados, cuando efectivamente empezaron a caer los cristales como proyectiles a unos pasos de nosotros. No había forma de salir del edificio pues se desprendían los cristales como si los marcos de metal los estuvieran escupiendo… por dentro, en cambio, sólo se escuchaba el crujir de la estructura sacudiéndose y reventando en algunos tramos.

No terminaban de caer vidrios en la entrada del edificio cuando se sintió un cambio en los movimientos. Adentro empezó a oler a gas. La situación era muy angustiante y, aunque distinto, seguía temblando. Se escucharon dos o tres golpes fuertes, provenientes de los pisos más altos y supuse que los pisos superiores se estaban desplomando. Era literal, el mundo de cientos de personas en ese momento se estaba viniendo abajo. Esos segundos entre esperar a que dejaran de llover cristales afuera y desear que dejara de sacudirse todo dentro, fueron eternos. Algunas personas comenzaron a rezar, no habían suficientes espacios para hacer triángulos de la vida y muchos nos limitamos a abrazarnos a las columnas, o entre nosotros. Sin luz, con el polvo levantado de los cristales que se devolvían como agua que se levanta cuando se riega con mucha presión el piso, tuvimos que esperar a que dejaran de llover vidrios… y en medio del silencio inmediato… en cuanto el estruendo hizo una pausa… todos salimos.

Yo no daba crédito a lo que me hubiera podido pasar si alguien no me hubiera advertido que los cristales se vendrían abajo. Más bien, porque intuyo cuál hubiera sido el destino de esos 4 que llegamos primero a la salida, si no nos hubiéramos detenido, es que no cabía en mi asombro. Aunque fuera obvio, en momentos tan desesperantes, ya sea por pánico, o porque realizamos las cosas sin pensar, las personas cometemos errores que pueden ser mortales y ahí es cuando toma vital importancia la planeación, el conocimiento de los riesgos que nos rodean y el entrenamiento a través de simulacros.

Este día estoy sana y salva gracias un simulacro. Estoy segura. Fue la forma que encontró la vida de advertirme a mí y a unos cuantos que no saliéramos todavía, que esperar, contra todo entrenamiento recibido por décadas, era, en ese momento, la mejor opción para todos. Unos segundos de avance y al menos de unas buenas cortadas no me hubiera escapado. No dejo de pensar también, qué hubiera pasado si el simulacro se hubiera dado mucho tiempo atrás, pues seguramente hubiera olvidado esa información y esos primeros cuatro de la puerta quizá ya fuéramos parte de las estadísticas.

Ahora es casi la media noche y no dejan de contarse las personas muertas y atrapadas entre los escombros, tanto para Cuernavaca como para la CDMX. Llámenme loca, pero en medio de toda la tragedia, yo no puedo dejar de ver, la fortuna que hemos tenido de avanzar, en esta región, en materia de prevención de siniestros. La magnitud del evento, en verdad, en otras condiciones, hubiera cobrado no cientos, sino miles de víctimas. En mi caso, si esa bola de gente ñoña que aplaudía después de cada simulacro no tuviera tan bien identificados los riesgos del edificio, a lo mejor no estaría escribiéndoles, o no hubiéramos tenido saldo blanco en el instituto. Así que agradezco que exista ese equipo bobo que me advirtió de algo útil, aunque en su momento representaron un verdadero enfado por interrumpir mi trabajo.

No puedo irme a dormir, sin dejar de pensar en cambio, en mi querido Sonora, y en todos los estados para los que todavía no existe la suficiente cultura de prevención de desastres y de manejo de siniestros, sólo porque “no somos zona de eso”. Creo que aún no cobramos suficiente conciencia de los cambios tan dramáticos que podemos sufrir las poblaciones humanas, especialmente frente al cambio climático y ante las posturas bélicas de los países del primer mundo.

No se trata de crear alarma, pero sí de pensar y planear qué haríamos si, literal, un día, el mundo se nos viniera abajo… o encima… ¿Estamos listos para saber qué hacer? ¿a dónde ir sin teléfono, sin luz, sin redes?, ¿cómo comunicarnos para pedir ayuda?, ¿sabemos cómo ponernos a salvo? Y si nos creemos seguros, ¿sabemos por dónde empezar a ayudar a otros?, ¿cómo dar primeros auxilios? ¿cómo atender crisis de ansiedad/pánico? De todo corazón deseo que quien me lea, lo tenga todo ya muy claro, y si no, empiece a trabajar en ello, especialmente si están a cargo de niños, alumnos o pacientes. Es importante que nuestro plan familiar o institucional verdaderamente esté ajustado a cada lugar, cada tramo, cada tipo de instalación, tuberías, trayectos y caminos que rodean nuestros hábitats.

Igual de importante que la solidaridad con los que han caído ya, son la sensibilización y la inteligencia para saber cómo no caer nosotros. Y espero, una vez que pase el dolor de este siniestro, que esa sea una de nuestras prioridades como sociedad. Lo deseo. Lo quiero ver y estoy dispuesta a sumarme a ello, incluso si para otros ahora yo seré la ñoña enfadosa que dé lata en los trabajos, escuelas u hospitales. Los animo a que así sea, para muchos que seguimos teniendo aprecio por la vida y respeto por la Gaia. A prevenir amigos. También eso es ayudar(nos).

Cuernavaca, Morelos, 17 de septiembre de 2017, 11.45pm

Por Liliana Cloutinho / Crónica Sonora
Foto: Norte Photo

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